"A mí me choca, pero entiendo que tienen derecho y que no le hacen daño a nadie", dice Marisa, ama de casa que ronda la cincuentena. Ester, que ya bordea los 80, confiesa: "están bien las leyes, pero me cuesta mucho aceptarlo". Ambas aluden al proyecto de Ley de Identidad de Género que recientemente obtuvo media sanción en Diputados. Estas mujeres educadas en otro tiempo, cuando si la homosexualidad era callada, más todavía la situación de transgénero, reflejan lo que piensa y siente gran parte de la sociedad. Por un lado, el corazón les dice que está bien que cada uno se llame según la identidad del género que vive. Y por otro, la cabeza les dice que está mal, porque culturalmente así se les enseñó. Lo cierto es que la norma no es una simple reivindicación de la sexualidad. Va mucho más allá. Va buscando rescatar y salvar vidas. Las personas trans padecen burlas, humillaciones y desprecios desde chicas, y lo que es peor, hasta dentro del hogar. La mayoría de las veces son echadas de la casa. No terminan los estudios; no se capacitan y no consiguen trabajo. Si se enferman no van al hospital porque temen que se descubra su identidad legal. Lohana Berkins, activista travesti e investigadora del tema, afirma en un estudio que el promedio de vida de una persona trans en Argentina es de 35 años.